Resumen.
El
presente trabajo aborda diversas problemáticas con respecto a la democracia
liberal, la nación y el Estado moderno, tomando como eje central los
planteamientos teóricos de David Held con respecto a la democracia cosmopolita,
en tiempos de globalización. Se propone
que la ciencia política debe plantearse un rompimiento con los análisis
tradicionales, excesivamente dependientes del funcionamiento de la democracia
dentro de cada sistema político estatal. Se concluye que es necesario crear
nuevas instituciones que garanticen el proceso de redefinición de la
democracia, en un contexto de globalización que induce un proceso de cambio
político.
Palabras claves: democracia, nación, Estado moderno, globalización.
Abstract.
This paper
addresses several issues with respect to liberal democracy, the nation and the
modern state, on the central theoretical approaches with respect to David
Held's cosmopolitan democracy in times of globalization. It is proposed that
political science should consider a break with traditional analysis, overly
dependent on the functioning of democracy within each state political system. It
concludes that it is necessary to create new institutions that guarantee the
process of redefinition of democracy in a context of globalization that induces
a process of political change.
Key words: democracy, nation, modern State, globalization.
Democracia cosmopolita, Estado moderno y globalización.
Gustavo Alcántara Moreno
1. Introducción.
En su libro La democracia y
el orden global, David Held aborda el problema de la democracia
contemporánea desde una perspectiva novedosa, que rompe con las proposiciones
de los teóricos clásicos de la de democracia liberal. La visión de Held plantea
la necesidad de redefinición de la idea de democracia, en un contexto que
ciertamente ha cambiado mucho a partir de 1989. A esos cambios se le suman la
intensificación y mayor relevancia que otras variables de la vida social han
adquirido con el transcurrir de los años.
La sumatoria de todos estos
fenómenos afecta directamente al Estado liberal democrático como forma de
organización política. Es conveniente
entonces, revisar cuál es ese contexto
que amenaza la forma actual del Estado liberal democrático y nos obliga a
concebir una visión distinta y actualizada de la democracia, si tomamos en
cuenta que “los problemas de la democracia se extienden más allá de las
fronteras de los Estados” (Held, 1995, p. 37).
Ante este reto de la
democracia, la ciencia política debe plantearse un rompimiento con los análisis
tradicionales, excesivamente dependientes del funcionamiento de la democracia
dentro de cada sistema político estatal. Ya no resulta práctico para el
científico social aquella concepción que planteaba la doble visión del Estado,
considerado por una parte desde la dimensión interna, que concibe al mismo como
una forma de organización política autónoma con instancias democráticas de toma
de decisiones; y una dimensión externa, propia de la teoría de las relaciones
internacionales, que hace énfasis en el Estado como el actor privilegiado en el
escenario internacional, por lo que lo primordial en ese ámbito es el estudio
de las relaciones interestatales (Vallespín, 2000).
El Estado, como centro de
control y de poder político, ha sido trascendido por la dinámica social, siendo
incapaz de regular e intervenir en la totalidad de las acciones e interacciones
que fluyen del campo económico y social. Por ello, hay que replantear el papel
del Estado-Nación tradicional, con miras a sustentar la posibilidad de una democracia
adaptada a ese nuevo orden global, esto es, una democracia cosmopolita.
2. La Democracia Liberal.
La democracia liberal es la
forma de gobierno que se ha impuesto contemporáneamente (Schumpeter, 1983). Desde las
formulaciones clásicas del liberalismo, esta tipología de democracia ha venido
moldeando su forma y adquiriendo características propias.
La base de toda teoría liberal tiene como punto de partida al individuo.
Esta es la categoría de análisis principal, pues se plantea una verdadera ética
de la autonomía de la persona como ser humano. Toda esta discusión tiene sus
antecedentes en la defensa del individuo ante los abusos de poder provenientes
del Estado.
El contexto en el que surge este debate es aquel que tuvo en el Estado
absolutista la forma de gobierno predominante. La preocupación básica de los
filósofos y teóricos liberales era la de proponer un orden político que
garantizara el reconocimiento de una serie de derechos al individuo, a la vez
que se expresara un conjunto de restricciones y límites al poder discrecional
ejercido por el centro político.
El reconocimiento de los derechos del hombre tiene sus antecedentes en la
escuela del derecho natural o iusnaturalista. Esta escuela plantea en su
doctrina que existen una serie de derechos que subyacen a la condición misma
del ser humano, independientemente de la voluntad de éstos, tales como el
derecho a la vida, a la libertad y a la seguridad, entre otros. Dichos derechos
no pueden ser violados o desconocidos por quien en un determinado momento
histórico detente el poder legítimo de ejercer la fuerza para obtener la
obediencia de sus mandatos. Esa autoridad tiene el deber y, por tanto, la
obligación, de respetar y proteger esos derechos frente a cualquier
intervención posible por parte de los demás (Bobbio, 1999, p. 11).
Existe entonces una relación de derecho entre el individuo y el Estado,
en la que el primero es el titular de un derecho y el segundo el constreñido
por una obligación. Pero la situación no es tan sencilla, ya que plantea un
dilema científico y filosófico entre la justificación de los derechos del
individuo y la restricción del poder y funciones del Estado, para resolver el
problema de equilibrar el poder coercitivo y la libertad.
En cuanto al Estado, los liberales clásicos propusieron la teoría del
Estado limitado. Esto se plantea en dos dimensiones, la del límite de los
poderes, por una parte, y la del límite de las funciones por el otro (Bobbio,
Ob. cit.). El límite de los poderes tiene que ver con la creación de un Estado
de derecho que se opone al Estado absoluto; en lo relativo a las funciones, se
plantea el Estado mínimo frente al Estado máximo. El estado de derecho plantea
la creación de un corpus legal que regule la estructura de los poderes
públicos y sea garante de los derechos civiles de las personas. El Estado
mínimo se refiere a la no intromisión del la estructura de dominación en las
libertades contractuales de los individuos, defendiendo la autonomía de la
voluntad de las personas. Este tipo de Estado con frecuencia suele ser
relacionado con el sistema del librecambismo.
La solución de los pensadores
políticos al dilema, atendiendo a la parte individual, fue el de la democracia
representativa. El proceso a través del cual se va fraguando este modelo
democrático, es el vivo reflejo de diversos conflictos y contradicciones
sociales. Para ilustrar esta situación, podemos hacer referencia al proceso
histórico y político que marca el paso de la democracia liberal a secas, hacia
la democracia liberal – representativa (Caminal, 1996). En los principios del
liberalismo político, la idea de ciudadano, entendida como aquel individuo que
participa políticamente en los asuntos de su sociedad, era bastante
restringida, ya que se reducía a un pequeño grupo de personas con privilegios
económicos o de estatus. El derecho al voto, que es el acto más conspicuo de
toda democracia representativa, era de tipo censitario, por lo que había que
ser pudiente para tener acceso a su ejercicio. Esta situación, traía como
consecuencia que una porción bastante significativa de personas estuviera
vetada para participar formalmente en los procesos políticos. Sólo con la
implantación definitiva del sufragio universal, existió la posibilidad de
superar esa verdadera discriminación social de la participación política que
sufrían la mayoría de las personas. De esta forma quedaba abierta de manera más
efectiva la representación de los intereses de los diversos grupos sociales en
la asamblea o parlamento.
Con la obtención de esta igualdad política, quedarían solventados muchos
inconvenientes de tipo político, dejándose abierta una posibilidad mucho mayor
para que los individuos expresen su voluntad y defiendan sus intereses. Esta
premisa, conjugada con la libertad de mercado, eran las piedras angulares que
edificarían el modelo liberal - democrático que hoy conocemos.
3. El problema
de la nación.
Luego
del fin de la guerra fría, el mundo ha experimentado profundos y sensibles
cambios con respecto al orden internacional, puesto que la caída del muro de Berlín
y la disolución de la Unión Soviética significaron la desaparición del nítido,
predecible y estable sistema bipolar que había trazado las reglas del juego
internacional durante cuarenta y tres años. El mundo ya no está dividido por la
confrontación entre dos grandes ideologías. El conflicto Este-Oeste ha dado
paso a un nuevo escenario internacional, mucho más complejo y ambiguo, con una
superpotencia dominante y varias potencias que reclaman una mayor injerencia en
las decisiones que marcan el rumbo de la política mundial.
Han aparecido o resurgido nuevos
problemas, confrontaciones que se creían ya superadas a partir de la
desmembración de los imperios perdedores tras la Primera Guerra Mundial y de la
descolonización, durante la segunda posguerra, de Asia y África. Se creyó que
la aparición, a finales del siglo XV, del Estado-Nación -el cual más tarde se
convertiría en la estructura política por excelencia de la modernidad, además
de constituirse como uno de los principales actores en la historia de las
relaciones internacionales- de la mano incipiente de la burguesía europea, se
encargaría de ser la unidad básica de
cohesión y de gobierno político durante la edad moderna y para siempre. Sin
embargo, al final del siglo XX, las pasiones étnicas, nacionales y religiosas
hacen resurgir, con fuerza de huracán, explosivos movimientos que desafían las
premisas en que se funda el estado moderno, tanto en oscuros rincones del mundo
como en sus principales potencias. Estamos en presencia del resurgimiento de los
nacionalismos (Gellner, 1994), fenómeno que constituye una primera fuerza
desintegradora de la estructura del Estado-Nación.
Ante este resurgir de las fuerzas
nacionales desintegradoras, cabe preguntarse qué aspectos son los que motivan a
un grupo a constituirse en movimiento de liberación nacional. Ante esta
interrogante, Held propone estudiar las condiciones de posibilidad de la
participación política, así como el conjunto de instituciones de gobierno
capaces de regular las fuerzas que dan forma a la vida cotidiana, pues existe
un déficit teórico al respecto. En tal sentido acaso ¿Es la falta de espacios
de participación política dentro de la estructura del Estado-Nación lo que
motiva a los grupos separatistas o secesionista a buscar otras formas de organización
y expresión política?
Este problema pasa en primer lugar
por la vigencia que en las actuales circunstancias posee la concepción de
nación, pues hasta el momento la sociedad civil es básicamente una sociedad
nacional. Ante las fuerzas fragmentadoras y atomizadoras del mercado
transnacional, una reafirmación del poder de la Nación como fuerza
estabilizadora resulta pertinente (Giddens, 1999, p. 153). Para ello se plantea
una nueva concepción de la Nación, que no la identifique como un grupo humano con
una identidad común fijada a partir de una unidad, bien sea lingüística,
religiosa, étnica, cultural o histórica gracias a un pasado común, circunscrita
en un espacio territorial delimitado.
El aspecto territorial es el que
primero hay que replantear. Para ello Giddens propone no hablar de fronteras
sino de límites. La concepción de fronteras nítidas, demarcadas con precisión
cartográfica en los mapas, sencillamente se hace insostenible durante la época
actual, caracterizada por un “incremento, a escala mundial, de las
interacciones que unen entre sí a todas las actividades humanas. Ese aumento de
las interdependencias ya no conoce fronteras gracias a la abolición de los
obstáculos imputables al espacio y al tiempo” (Brunswick y Danzin, 1999, p. 15). Es por ello que se plantea una
concepción más cosmopolita de la nacionalidad, ya que el sistema de fronteras
rígidas fue creado por la geopolítica de la primera posguerra, bajo una lógica
que no se adecua a las actuales circunstancias.
Estamos viviendo, desde hace ya unas
décadas, una tendencia hacia la constitución de bloques regionales. El primer
impulso para este paso se dio en el plano económico, pero como lo demuestran
los avances experimentados por la Unión Europea, la expectativa busca
extenderse con intensidad, en los próximos años, hacia la dimensión política.
Esto se presenta en la dimensión pública, pero en el ámbito privado, quizás por
escapar de las regulaciones y controles estatales, tal vez las interacciones se
estén dando con mucha mayor fuerza. Así lo demuestran las asociaciones y ONG,
que vienen haciendo sentir su peso y su influencia en el escenario
internacional. Estos nuevos movimientos sociales son capaces de agruparse en
torno a un interés común, sin importar la nacionalidad, la raza, el grupo
étnico o la clase social. Sin aspirar al control político, esos grupos
provenientes de los espacios privados de la sociedad civil buscan satisfacer
sus objetivos por medios no institucionalizados políticamente.
¿Cómo se explica lo anterior? El fenómeno
de la globalización, o lo que otros prefieren llamar de manera más optimista
mundialización, hace que existan problemas cuyos efectos y soluciones
trascienden las fronteras de los Estados-Nacionales modernos (Giddens y
Hutton, 2001). Los ciudadanos que viven en una determinada sociedad
nacional, ya no son los únicos que formulan las demandas, ni sus representantes
democráticamente elegidos, quienes formulan las respuestas (Alcántara Moreno, 2011). Como
argumenta Held, “las comunidades nacionales no son de ninguna manera las únicas
fuentes de diseño y elaboración de las decisiones y políticas que ejercen
influencias sobre las vidas de sus miembros, y las medidas implementadas por
los gobiernos nacionales, no afectan exclusivamente a sus propios ciudadanos”
(Ob. cit., p. 38). Para citar un ejemplo, pensemos en las repercusiones que a
nivel mundial puede tener la decisión del gobierno de los Estados Unidos de no
firmar el Protocolo de Kioto, considerando que se trata del país más
contaminante del mundo. Del otro lado, podemos observar como las constantes
protestas contra las reuniones de la Organización Mundial del Comercio o del
G-8, son realizadas por grupos totalmente heterogéneos desde cualquier punto de
vista.
Lo anterior nos demuestra en qué
forma ya no es posible afirmar que las personas que viven en un territorio
demarcado por fronteras, pueden tomar de manera soberana y legítima las
decisiones que afectarán sus vidas. Este cúmulo de circunstancias afectan
directamente la idea moderna de democracia y sus principales elementos
constitutivos tales como “la naturaleza del cuerpo político, el significado de
la representación, la forma y el alcance adecuados de la participación política
y la relevancia del Estado-Nación democrático, enfrentado a las turbulentas
pautas de relaciones y restricciones del orden internacional” (Ídem, p. 40),
que vendría a fungir como el garante de los derechos, obligaciones y bienestar
de los ciudadanos.
Si
asociamos esta circunstancia con la democracia, tenemos que afirmar, a nuestro
modo de ver, la proliferación de movimientos separatistas es consecuencia de un
déficit democrático en el interior de los Estados Nacionales que padecen esta
dificultad, pues siguiendo los planteamientos de Fernando Mires “no se puede
formular una teoría de la democracia sin la base de una teoría del
reconocimiento” (Mires, 2001, p. 109). El peligro de este aparente déficit
democrático parece amenazar con una mayor fragmentación a la tradicional unidad
nacional.
Para
construir una nación cosmopolita, es necesario encontrar un significado
diferente de la misma, en el cual se plantee el principio de la tolerancia.
Para ello “las viejas formas de identidad nacional han de ser reestructuradas”
(Giddens, Ob., cit., p. 59). Es imperioso que se hallen valores con los que
todos estén comprometidos y una identidad con la que los ciudadanos se sientan
cómodos, aceptando al mismo tiempo la ambigüedad que en el interior de cada
sociedad se deriva como consecuencia de las inmigraciones. Este proceso, que es
característico del actual orden global, afecta de manera directa los antiguos
vínculos de identidad nacional, en el cual persiste un cierto recelo hacia el
multiculturalismo. Pero, para dar un argumento fuerte en contra de esta idea,
tenemos que decir que ese nacionalismo homogeneizador es sólo una ficción
imposible de cumplir en la realidad.
4. Democracia y globalización.
La crítica básica que Held les
formula a los teóricos de la democracia de los siglos XIX y XX, es la de que
conciben a la democracia como una relación simétrica entre electores y
representantes. Esta relación tiene que ver con el control democrático que los
electores ejercen sobre sus representantes, lo que da pie para hablar de la
representación como gobierno responsable; y el proceso de toma de decisiones o
formulación de políticas públicas, por parte de los gobernantes en relación con
los intereses de sus electores o del grupo o partido que representa.
Esta relación se da tradicionalmente
en el ámbito nacional. El problema comienza cuando se generan decisiones
políticas, que tomadas fuera de cualquier órgano representativo o asamblea
nacional, afecta a los ciudadanos de un determinado país. Esto crea
irremediablemente una sensación de que no hay representatividad por parte de
quienes toman las decisiones.
Esta situación se evidencia cuando
apreciamos las acciones del Fondo Monetario Internacional (FMI), al momento de
aprobar o no un préstamo para algún país. En el caso de no aprobarlo, el país
pudiera carecer de liquidez para pagarle a las personas sus ahorros bancarios,
tal y como sucede en Argentina. Bajo la otra posibilidad, si lo aprueba,
entonces impondrá una serie de recetas o políticas como condición para realizar
el aporte de capital. Este tipo de situaciones puede afectar notablemente la
vida del ciudadano común, al cobrarle más impuestos y dejar que la crisis se
solvente golpeando su espalda, o simplemente negándole la educación superior a
sus hijos, cerrándole las puertas a una posibilidad de movilidad social
vertical hacia arriba, porque la educación ha dejado de ser pública y
gratuita.
Otro problema, que se deriva de esta formulación de políticas fuera del
espacio nacional y de la asamblea de representantes de las poblaciones
asentadas en un territorio geográfico, legítimamente constituidas a través de
elecciones libres y competitivas, es el hecho de que quienes están detrás de la
toma de decisiones, son burócratas y tecnócratas (García-Pelayo, 1987, p. 33). Este tipo
de funcionarios o gerentes carecen de cualquier tipo de control electoral
democrático y, por lo tanto, están exentos de responsabilidad para los
ciudadanos, que son directamente los depositarios de las decisiones. Lo triste
y peligroso de esta realidad, es que ni siquiera está garantizado que quienes
toman las decisiones sean los mejores, por lo que a los ciudadanos sólo les
queda apostar a que el tecnócrata tenga al menos ética profesional. La otra
posibilidad es la de la protesta cívica, que puede muy bien terminar en
violencia.
Así pues, en América Latina la democratización se ha vinculado “con
ciertos avances de corte netamente tecnocrático en el espacio de lo
gubernamental y administrativo, lo que representa para el ejercicio de la
democracia fuente segura de desviaciones autoritarias en las prácticas políticas
efectivas” (Ramos Jiménez, 2008, p.110).
De manera que, existen ejemplos mucho más difusos y subrepticios que los
del FMI. Inclusive decisiones de tipo privado pueden afectar a toda una
sociedad, como cuando una empresa transnacional decide instalarse o no en un
determinado país. Esta situación podría, de ser positiva la entrada de capital
de inversión en un país, menguar el problema del desempleo, sirviendo como
válvula de escape a muchos otros problemas sociales. Si la decisión de invertir
es negativa, sencillamente el país seguiría sumido en su crisis social, que
tendría en el desempleo sólo el punto de partida que afectaría a toda la
economía y, eventualmente, a la estabilidad política.
El anterior era un ejemplo que tomaba en consideración una actividad
lícita. Pero que tal si nos referimos a acciones de tipo ilegal. Piénsese por
un momento, en el aporte en metálico que las mafias internacionales le pueden
hacer a la economía de un país, simplemente utilizándolo como puente del
narcotráfico, para luego introducir la droga en el mercado de consumo.
Las posibles situaciones que ilustran lo anterior y las características
de los mismos, pueden ciertamente seguir multiplicándose. Lo es que la
estructura estatal moderna no luce óptima a la hora de controlar y contener,
toda esa ola de acontecimientos derivados de la compleja época en que vivimos.
Al respecto, autores como Beck (1997) han lanzado hipótesis interesantes,
como la que plantea el hecho de que vivimos en lo que se podría denominar como
sociedad del riesgo, es decir, un tipo
de sociedad en la que los peligros y amenazas superan con creces las certezas y
seguridades. Esta situación se puede explicar través de la idea de modernidad reflexiva.
Según Beck, las sociedades modernas siguen viviendo bajo los patrones de
la sociedad industrial tradicional, la cual estaba construida en base a las
reglas y principios de la modernidad tradicional. Acompañando a este fenómeno,
tenemos que lo político se ha transformado, por lo que asistimos a una época
caracterizada por la tendencia a que lo social se convierta en político,
ampliando a su vez el espacio político. A la par de esa propagación de
actividades políticas, han surgido nuevos actores políticos que se expresan
bajo pautas de conducta e instituciones políticas no tradicionales.
No es posible continuar pues, con las mismas instituciones obsoletas, si
la política gubernamental tiene que estar disponible para todo, y todos quieren
y deben participar en ella (Beck, 1999). Un panorama como este requiere de la
invención de lo político, es decir, de la aplicación de una política creativa,
autocreativa, que proponga nuevos contenidos, formas y coaliciones.
Resulta perentorio, quizás más que nunca, aplicar la imaginación política
y emplear el saber político como artificio que posibilite la creación y la
construcción de un nuevo orden político, tanto en el plano nacional como
internacional y considerando su interrelación. Esta es la difícil tarea que
tienen que encarar los filósofos y científicos de la política.
5. La situación del Estado moderno y
el cambio social.
Todas estas mutaciones anteriormente
esbozadas, dejan marcada una huella sobre la estructura del Estado moderno.
Recordemos que la sociedad es, por definición, dinámica y nunca estática. El
cambio social es una categoría de análisis sociológico, que podemos comprobar
al revisar la historia.
Este hecho parece ser contradicho
por aquella corriente que plantea el fin de la historia. Esta tradición, que
arranca con Hegel y continua con Marx, retomó vida con la propuesta, muy
criticada por cierto, de Francis Fukuyama (1992). Si el fin de las ideologías
implica la asunción hacia la sociedad última, la mejor sociedad y, por tanto,
la sociedad utópica, estamos ante la presencia de una visión mecanicista de la
sociedad. El planteamiento central consiste prácticamente en haber encontrado
una ley universal, casi natural, que señala las distintas fases por las que una
sociedad debe transitar.
Es muy fácil desmontar la tesis
anteriormente comentada, mediante la simple afirmación de que todas las
personas, por naturaleza, siempre tendrán una ideología mediante la cual
expresen sus valores y creencias. Pero el asunto es más complejo, y tiene que
ver con la posibilidad del cambio social. Ese cambio social no ocurre por azar,
ni mucho menos por una ley natural, sino por la capacidad creativa y
transformadora de los individuos y de la sociedad y sus instituciones en su
conjunto.
Las instituciones sociales plantean
pautas de comportamiento reiteradas, ejerciendo un indudable influjo en la
conducta humana, puesto que estas “son las reglas del juego en una sociedad o,
más formalmente, son las limitaciones ideadas por el hombre que dan forma a la
interacción humana. Por consiguiente, estructuran incentivos en el intercambio
humano, sea político, social o económico” (North, 1995, p. 13). Esa característica nos permite hablar de la
existencia de una estructura social. Estas instituciones moldean la conducta y
las interacciones de los individuos, pero a la vez se da un proceso de
retroalimentación. Mediante la retroalimentación, los individuos como tales, o
considerados como adscritos a redes de mayor tamaño como los grupos de interés,
movimientos sociales, partidos políticos, ONG, y pare usted de contar, pueden
ejercer influjos sobre las instituciones y modificarlas gradualmente o de
manera brusca o revolucionaria.
El proceso anteriormente descrito es
el resultado no sólo de la voluntad explicita de los actores sino como
consecuencia de los cambios estructurales que se van fraguando en la vida
cotidiana. Recuérdese que muchos de los acontecimientos de los cuales la
historia puede dar fe, son el resultado de consecuencias imprevistas,
inesperadas y no sopesadas por los actores (Giddens, 1992).
Nadie puede afirmar de manera
contundente, que el mercado sea una creación de la clase burguesa para adquirir
y mantener su dominación sobre la clase trabajadora. El mercado es el resultado
de un proceso histórico y cultural que involucra aspectos de toda índole. Se
trata de una consecuencia del cambio social, el cual muchas veces ocurre debido
al conflicto, pues las contradicciones en el interior de determinada estructura
social, son el punto de partida para cualquier posibilidad de cambio y
reformulación.
Pero no todos los conflictos resultan
tan evidentes pues ¿Con quién está enfrentado el liberalismo, si el socialismo
se ha disipado hasta el punto de casi no dejar rastros? ¿Cuál es la
contradicción del mercado libre, si la economía planificada y la propiedad en
manos del Estado no resultó ser, a la postre, un rival competitivo?
En opinión de Beck, el enemigo de la sociedad liberal democrática sería,
al contrario de lo que muchos pudieran pensar, su propio éxito. Y es que ya no
persisten los mismos antagonismos bélicos del mundo bipolar, por lo que la
lógica en base a la cual funcionaban los Estados nacionales se ha desdibujado.
Los intereses en juego son puestos en disputa en base a la primacía de la
economía, lo que en este contexto está caracterizado por un sistema global de
intercambios interdependientes que “refuerza la hipótesis de una paz militar
entre los competidores, compensada por una lógica de guerra económica por la
conquista de mercados y la división internacional del trabajo” (Brunsvick y Danzin, Ob. cit., p. 23-24).
Por supuesto que siguen existiendo enfrentamientos armados, pero sucede que los
mismos están mucho más localizados y se
sustentan en problemas básicamente étnicos, racistas, nacionalistas o
religiosos. Entre tanto, la lógica de la mundialización hace que los conflictos
económicos estén mundializados.
Esa competencia económica en el plano global, a través del libre mercado,
es visto con muy buenos ojos, pues evita la posibilidad de un guerra
catastrófica a nivel global (Giddens, 1999). Se tiene que tener en cuenta todos
los muertos que de manera directa o indirecta, generaron las guerras del siglo
XX. La competencia económica permite pues, desviar los enfrentamientos. Puede
que esta tesis sea muy discutida por los socialistas o los neomarxistas, ya que
una competencia implica necesariamente la existencia de ganadores y perdedores.
Los no aptos para una actividad comercial, en el peor de los casos abandonarán
la actividad para la cual no son competitivos, sin que ello les cueste, en
teoría, la vida. Entonces, de un principio que exalta el egoísmo, tal y como lo
es la competencia para satisfacer los intereses personales, se obtiene una
visión positiva, que sería la disminución de las potencialidades destructivas
de la guerra.
Teniendo en cuenta los cambios en el ajedrez mundial, cabe preguntarse
cuáles son las demás vicisitudes que estamos afrontando. Esos problemas están
allí sobre el tapete, sólo que no son tan perceptibles, porque sencillamente
los Estados nacionales y las demás instituciones políticas y sociales, fueron estructuradas y
reproducidas para funcionar bajo una realidad distinta a la actual.
Ante tales circunstancias, podemos afirmar que estamos afrontando una
verdadera crisis, no sólo del Estado-Nación, sino del orden global y de la vida
individual. Y es que la estabilidad no tiene por qué ser considerada como la
regla, después del fin del sistema bipolar de la guerra fría. Muy por el
contrario, se trata de una época de redefiniciones y nuevos significados, que
implica el resurgimiento de viejos temores o el nacimiento de otros totalmente
desconocidos. Y es que son las instituciones y los individuos los que tienen
que adaptarse a este escenario de cambio.
En base a este compromiso de adaptación, y refiriéndonos específicamente
al Estado moderno, nos encontramos con que éste tiene que sufrir una
metamorfosis tal y como lo haría una víbora que “abandona la piel de sus tareas
clásicas y desarrolla una nueva piel de tareas global” (Beck, 1999, p.185).
En este punto debemos comentar que, los mediadores clásicos entre la
sociedad civil y el Estado, los partidos políticos, tienen una suerte de falsa
definición de la política, ya que no
han sabido interpretar las actuales exigencias de la sociedad civil, así como
la característica más novedosa que presenta recientemente, como lo es la
capacidad de autoorganización. Esta nueva tendencia de la sociedad civil es
bastante novedosa, pues permite la posibilidad de que se pueda prescindir de
los políticos, lo que significa que la sociedad civil devendría en sociedad política.
Esta es una de las presiones más importantes que recibe el Estado- Nación
liberal democrático de la actual sociedad.
6. A manera de conclusión: la
democracia cosmopolita.
Dado que la adquisición del orden
democrático no es un hecho natural, queda sometido a la voluntad de los
ciudadanos libres determinar las condiciones y el curso de su propia asociación
(Held, Ob. cit.). Una vez hecha esta elección, se puede pasar a una segunda
etapa que cosiste en la discusión acerca de la institucionalización democrática.
Lo que se debe tener muy en cuenta a
la hora de constituir un orden democrático cosmopolita, es el hecho de que
estamos frente a un contexto de interconexión regional y global. Como el
derecho democrático cosmopolita es una condición necesaria para la
institucionalización democrática a nivel global, un requisito básico para que
sea posible es la internacionalización de la ley democrática. Se trata de la
aceptación de un conjunto de derechos vinculados de manera directa a la
democracia, dejando a un lado la formulación de concepciones del derecho de
tipo reduccionista, como lo serían los derechos ciudadanos o universales.
La función de ese derecho público
cosmopolita, no estaría orientada sólo a los Estados nacionales, sino que
también influirían decididamente en la vida de cada individuo, creando una
ciudadanía cosmopolita. El presupuesto para que esto sea posible sería mediante
una previa adaptación de la constitución nacional del ciudadano al derecho
público cosmopolita. No se trata de crear un cuerpo jurídico supranacional que
dirija todas las actividades de las personas, sino que se trata de “construir
un marco vinculante de los asuntos políticos de los Estados, las sociedades y
las regiones” (Held, Ob. cit., p. 278).
De esta forma, las actividades de
los ciudadanos que trasciendan el campo nacional, se integrarían con las redes
regionales y globales más amplias, dándole al individuo un campo de facultades
y obligaciones mucho más amplio. Entre las facultades, el ciudadano cosmopolita
podría participar, por ejemplo, en la elección de su representante en las
Naciones Unidas, puesto que las decisiones que allí se tomen pueden afectarlo
directamente. En cuanto a las obligaciones, la situación es mucho más
interesante, pues se podría combatir de manera directa la impunidad criminal
internacional de los autores de crímenes de lesa humanidad, tal y como
le ocurrió a Pinochet o a Milosevic. Es así como la creación del Tribunal Penal
Internacional, mediante el Tratado de Roma, crea un precedente categórico en
cuanto a la institucionalización del derecho cosmopolita. También llaman la
atención el seguimiento que se le puede hacer a los delitos de corrupción, tal
y como actualmente se le sigue la investigación a Hugo Chávez por el caso del
financiamiento de su campaña electoral, con dinero sucio depositado en las
cuentas del Banco Bilbao Vizcaya de España.
Esta internacionalización de la ley
democrática es sin lugar a dudas una tarea bastante difícil. No se trata de que
estemos profesando un escepticismo a priori, sino que se deben dejar
bien claras cuáles son las posibilidades y limitaciones del mismo. En cuanto a
las posibilidades, en aquellas sociedades con una tradición democrática
arraigada y donde la cultura política esta avanzada y sofisticada, la
posibilidad de construir una estructura
de acción política democrática, en un contexto de interconexión global y
regional, es sumamente viable. Así lo demuestran los logros de la Unión Europea, cuyo
ejemplo es digno de imitar en otras latitudes que presenten condiciones
posibles de integración, como es el caso de América Latina. Un modelo como el
europeo sería bastante útil desde el punto de vista del método comparado para
hacer posibles nuevas experiencias de integración económica y política, con la
advertencia de que se debe ser muy cuidadoso al estudiar la realidad cultural e
histórica de cada región, para evitar cualquier proyecto social mecanicista.
En cuanto a las limitaciones, el
multiculturalismo es sin duda una de ellas. Vivir en democracia implica, de
entrada, aceptar las diferencias. Esas diferencias pueden ser de muchos tipos:
físicas, genéricas, sociales, políticas, religiosas, culturales, de intereses,
lingüísticas, entre otras. En este punto persiste una contradicción que tiene
que ver con el principio básico de construcción de la mayoría de los Estados
nacionales, particularmente en América Latina (Mires, Ob. cit.), en lo
referente al principio de homogeneización. Venezuela, a través de casi cien
años de guerra fraticida, es un claro testimonio de homogeneización de las
clases sociales. Ese principio homogeneizador, desde todo punto de vista, es
irreconciliable con la democracia. Sin embargo, en Venezuela ya no existe el
problema de las subculturas gracias, paradójicamente, a las guerras del siglo
XIX. Este fue quizás uno de los elementos trascendentales para sustentar la
democracia de nuestro país a partir de la segunda mitad del siglo XX.
Pero existen países en los que la
homogeneización no surtió efecto, por lo que viven una realidad multicultural.
Esta situación, en los países antidemocráticos, ha desatado las más cruentas
guerras internas, como lo demuestran los conflictos en Yugoslavia o en
Indonesia. El derecho democrático cosmopolita debe tener muy en cuenta esta
realidad multicultural, por lo que no se puede pretender que los países más
“democratizados” introduzcan valores culturales en otras sociedades, en nombre
de la democracia. Con tales acciones no se estaría siendo en modo alguno
democrático, porque, sencillamente no se estarían reconociendo las diferencias
de los demás. Es por ello bastante acertada la idea de Held de asociar los
derechos cosmopolitas con los valores subyacentes a la democracia, en vez de
relacionarlos con derechos que se circunscriben a aspectos de tipo nacional o
cultural.
Otro factor que debemos tratar en
este apartado es el relativo a la representación. Particularmente nos interesa
referirnos a la representación política, que es aquella que hace alusión a la
idea de gobierno representativo como gobierno responsable (Sartori, 1992). Esa
responsabilidad se presenta entre representantes y cuerpo electoral, relación
esta que es criticada por Held como apuntamos ad supra. Sin embargo,
debemos decir que este tipo de representación nos interesa porque es aquí donde
intervienen los partidos políticos, quienes se encargan de seleccionar el
personal político que se postula par las elecciones, además de preparar el
proyecto político o la propuesta electoral. Son los partidos políticos, además,
quienes están encargados de articular y aglutinar los diversos intereses
sociales, a través de la interpretación de las exigencias que emanan de la
sociedad.
Ya habíamos citado a Beck cuando se refería a la tendencia hacia la
autoorganización que en la actualidad se presenta en los diversos grupos que
componen la sociedad. El problema es que esos intereses autoorganizados, son
intereses corporativos y egoístas, lo cuales se disipan una vez han alcanzado
el objetivo, por lo que se suele hablar de despolitización de la sociedad, ya que
los grupos no se organizan para competir por el poder político. Por otra parte,
estos grupos no llevan a cabo una representación de tipo político, sino que más
bien cumplen una función de representatividad (Ídem), por lo que las gestiones
realizadas por los representantes, no tienen por que responder de manera
responsable ante el grupo que se representa. Esto debido a que no existe el
control político que se deriva de las elecciones, por parte de los
representados. Si esto no es así, entonces no se está cumpliendo con uno de los
principios básicos de la democracia procedimental (Dahl, 1999), que habla de la
realización de elecciones libres y competitivas. Por supuesto que van a seguir
existiendo los cargos políticos electivos para conformar un cuerpo o asamblea
de representantes, pero no son ellos y tampoco los partidos políticos, quienes
efectivamente se están encargando de la formulación de las políticas.
Este es ciertamente un síntoma que denota una crisis de los partidos, a
la hora de darle repuestas efectivas a los problemas y demandas ciudadanos.
Pero esto se debe al contexto, al cambio en el interior del sistema político,
como consecuencia del aumento de las interconexiones e interacciones a nivel
regional y global. Por ello, debe existir una perentoria redefinición y
redimensionamiento de los partidos políticos, para hacer factible una nueva
democracia. Si hablamos de democracia cosmopolita, entonces deberíamos
referirnos a la pertinencia de renovados partidos políticos, también
cosmopolitas. Ello se justifica por la multiplicación de los ámbitos de
decisión, que como ya sabemos no son sólo nacionales. Esos grupos tendrían la
función de transmitir a los públicos nacionales la agenda de las cuestiones
globales, movilizándolos en este sentido. Pero esto puede ciertamente generar
tensiones, pues esos partidos cosmopolitas podrían estar enfrentados a los
“partidos y grupos nacionales en el interior de los distintos sistemas
políticos” (Vallespín, Ob. cit.).
Pasando a lo que se refiere a la organización del gobierno, la democracia
cosmopolita requiere de una nueva organización que se adapte a las exigencias
del orden global. En este punto Held hace una propuesta inspirada en principios
de la Administración Pública, pues plantea la ampliación clásica de los niveles
administrativos del Estado, un peldaño más hacia arriba. Así estaríamos en
presencia de cuatro niveles políticos administrativos: la comunidad local, los
niveles nacionales, los niveles regionales y el nivel global (Held, Ob. cit.).
Cada uno de estos niveles tendrá ciertas y determinadas competencias,
según el ámbito y ubicación del problema, o el impacto de las políticas que
lleve a cabo. En tal sentido se proponen tres criterios para determinar la
competencia y facultades para actuar que tiene cada nivel gubernamental. Estos
son las pruebas de la extensión, la intensidad y la eficiencia comparada. La
primera sirve para determinar que poblaciones se ven afectadas por el problema
o la decisión; la segunda mide el grado con la que las poblaciones están
afectadas; y la tercera se ocupa de evaluar que nivel posee los mejores
recursos para actuar.
Quedan de esta forma, planteados los puntos y lineamientos básicos para
crear nuevas instituciones que garanticen el proceso de redefinición de la
democracia, en un contexto confuso y complejo, tal y como lo son todos aquellos
ámbitos sociales y culturales que han atravesado por un proceso de cambio
político.
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